Módulo 1, Tema 5
En Progreso

Ejercicios de escritura

16 de enero de 2022
Módulo Progress
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Vamos a trabajar sobre los recursos poéticos que utiliza Winnét. Por ejemplo ella dice:

Estoy agotada y luminosa / cada rincón de mi cuerpo resucita: / los demonios de la locura / extienden un tapiz con pólvora y tiniebla / la pasión se exalta y languidece / fosforescente, deprimida, desmayada.

Vemos aquí el uso de polisíndeton en la reiteración de la y :

polisíndeton: Figura retórica de construcción que consiste en la repetición de una o varias conjunciones dentro de una misma frase o texto con el fin de dar más fuerza a lo que se expresa.

Pero además en esa construcción de pares, aparece la antítesis, que es un recurso estilístico o figura literaria que consiste en la contraposición de dos sintagmas, frases o versos con el fin de conseguir una expresión más eficaz.

Lxs invitamos a leer la poesía de Winnét en busca de estos recursos y armar con ellos un banco de palabras para utilizar luego en un poema propio.

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También Winnét como muchos otros poetas le ha cantado a su ciudad. ¿Cómo se ve la ciudad desde los ojos de una poeta? Vamos a transportarnos al Santiago de Chile de 1936 para verlo a través de los ojos de Winnét en Cantoral. Luego lxs invitamos a escribir un poema a su ciudad. Pueden leer también el ensayo en el que Eliana Ortega analiza este poema.

SANTIAGO CIUDAD

 
A tus orillas cantan aún las ranas azules,
sin embargo en tu corazón la multitud busca ritmo
con ese acento eléctrico, ardido y cosmopolita del avión en vuelo.
 
Ciudad americana, atrevida y triste,
te ciñe un cerco alto, desde donde te cae
aquel influjo blanco y boreal de las nieves calladas.
 
Torres como llamas, rascacielos que iluminan la tarde,
avenidas hacia el horizonte, plazas amorosas, campanarios de ayer,
alegría de fuentes italianas, estupefactas, erguidas aguas inocentes,
que columpian una ley que tiembla,
aguas de atardecer republicano
armonía del mar, disminuida,
para los hombros de las mujeres rubias,
para las piernas escolares de los niños.
 
Hacia los barrios que se multiplican ingenuamente
avanzan las gentes preocupadas, presurosas de la propia vida.
 
Repercuten los tranvías por los puentes viejos de la Recoleta,
y allí, a la virtud de las Iglesias y las casonas vastas,
sentimos aún en las pupilas de las rezadoras atávicas,
abalorios y sueños, mezclados a un niño-Dios, de esperma sonrosada.
 
Ahora se asciende con el corazón sencillo y sereno,
el hogar recóndito, el nido de cada uno, perdido
entre las abejas y los parronales de Pedro de Valdivia,
Ñuñoa, El Nido, como en las palomas, las hormigas o los no-me-olvides.
Parque, Quinta, Alameda de las Delicias,
la bella e incierta peregrinación del espíritu.
San Francisco, casa del Mito, no interrumpe el poema,
que se perfuma a sus pies, por ese ramo eternamente vivo de las azucenas aldeanas;
Santa Ana, en cuyos pórticos jugaron los abuelos y las golondrinas de antaño,
y se bautizaron las muñecas de todos.
 
Guardas el camino de los días evaporados;
aquel sauce de cobre oxidado, aquel banco municipal,
su sombra y mi sombra iluminadas de piel nueva y de esperanzas,
la tarde, copiosamente estrellada de rumores y azules románticos,
y, como un loto negro, imantado, abierto,
la noche remota, abrigadora, encerrando la cantidad de nuestras almas.
 
Ardiendo, como la palma de una mano franca y tendida,
te das al emigrante. Mucho andar, mucho andar...
como en los cuentos, que no llegaban nunca al pueblo de las cúpulas de oro.
 
Álgebras de automóviles te abrazan y te poseen,
teatros y cines encienden su bullicio, y los cartelones pronuncian:
Greta Garbo, la nórdica iluminada y pálida.
 
Te sumerges, te elevas, te extiendes, te lavas el alma,
                                      ciudad.
 
Hombres y mujeres-niños, tras las tiendas occidentales,
Gath & Chaves, impasible,
mirando las cinturas de plata del Oberpaur,
el almacén lírico y tranquilo, arquitectura desenfadada,
con el número armonioso del pincel de Matisse.

Desde mi vida, miro el San Cristóbal,
el cerro que justifica tu estilo como el acorazado en el puerto;
aquellas lucecitas que juegan a la ola,
los reflectores que, minuto a minuto, se entreabren como párpados,
y blanca, sola, muda, en lo más alto, la leyenda de Jesucristo,
blanca, sola, muda.
 
En tu jardín de muertos, acostado entre estatuas pálidas,
marchito está el mejor ramo de flores de nuestra casa,
y la figura herida que durmió sobre mi corazón una Primavera.
 
En la juventud de tus parques, yo escribo
caballos y aspectos de novedad, llevando la línea de nuestros héroes,
caballos de mármol, en cuyas fauces abiertas,
penetra este viento que tú y yo amamos, mariposa en Febrero,
la pezuña hincada y decidida,
los ojos con luz cóncava, llena de amaneceres y noches inmensas.
 
Tu orgullo provinciano escala el Santa Lucía;
recuerdo mi alegría de siete años,
correteando a la rueda saltadora
y cómo veía abajo un mundo pequeñito.
 
Santiago, ciudad,
despierta y dormida, dignamente, en ti misma;
abres las puertas;
piscinas, canchas de tennis, cárceles, fábricas,
el rico todo de oro,
el pobre con su atado de sombra.
 
Se produce vida en ti, como en Constantinopla,
en París, en Londres, en Ginebra, en Nueva York, en Roma;
te visitan los acontecimientos y las estrellas,
y acaso una canción sin nombre
o el nombre milenario de una canción...

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