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Elegía en el viento de julio

Cerrad las ventanas, es el viento y su cola encendida,
es el viento cóncavo del huracán repleto;
el cristal no lo contiene,
arrasa corolas, andamiajes, cielos, zapatillas de raso,
nudos secretos de inmolación rebelde,
todo rodando, envuelto, de costillas, despedazado.

Pero tu cara de ídolo en piedra permanece,
los huesos transitorios de tus manos, 
tu pecho donde sólo las mariposas hacen nido,
tus ojos que al mirar no pudieron mirarme.

Arrodillada, imposible,
como un vaso de arroz derramado en el tiempo,
atada a un barco inmóvil
con alas invisibles de un extraño terror.

Nunca fui yo la cadena y la nube,
acaso, hubiera roto la raíz del lucero, 
estallando la sombra fatal del torrente en camino.

La aurora ciega

Me ha traído rosas en una bandeja de oro,
Aquellas rosas de Enero no serán jamás las hermosas rosas de Octubre
Y que son rosas.

Yo he echado mis palabras a esa redoma de peces;
Las he echado como quien echa arroz en agua blanda,
O flores a la espalda de los pantanos.

Y como son palabras semejantes a las palabras de antaño,
A las que un tropel primitivo y poderoso como adolescentes fieras,
Cruzaron mi juventud.

Y como tengo miedo de desconocerme,
Las arrojé debajo de las caballeras del sol, 
Con locura, con miseria humana.





Amarilla y flor de agosto

¿Sientes como la araña hila su encaje
de sombra enmohecida?...
Ven, la flacura del Invierno
ha extendido su manta de cáñamo maldito,
Como en aquellos días de oro,
tu conciencia y mi espanto,
acarician la línea fugitiva
de mi corazón inocente.



Objetivo infinito

En líneas rectas y amarillas,
la mesa deja caer sus cuatro manos;
sobre la superficie, una escobilla piensa
mirando el cielo con el pelo erizado.
Una silla, doblado el espinazo,
acaricia un cojín de terciopelo.
La pantalla y su sueño de tórtola,
abraza en lenguas de fuego,
la inmovilidad de los objetos.

Planeta sin rumbo

¿Quién se ha detenido a mis espaldas? 
Alguien apagó la sombra,
una voz me encierra, cerrándome las puertas, cruzándome, 
una mueca de cera viene desde muy lejos, desdoblándose.
 
En el horror de Dios, un pájaro perfila un grito.
 
La noche es blanca y muerta, la luna, ¿había que decirlo?
sin embargo es negro el reloj e implacable.
 
Sentimientos proyectados;
¿en dónde está la cabeza del sueño, que no tiene cabeza, 
ni pies, ni ojos, ni manos y existe?
 
Mi cuerpo tendido entre cielo y mundo
se eleva, se resiste, se retrata disgregándose, entre verdes peces alados que ya no
                                                                                                            / tocarán la tierra. 

Yo soy mi sombra.

Construyo innumerables ilusiones fosforescentes 
con palabras que salieron destruidas al amasarse,
(habría que contar una historia) pero, todas las historias son historias,
y, por lo tanto, engaño.
 
Hacia la distancia,
¿quién se reconoce en el ayer?
 
Vehemencia, vehemencia, eres el espejo de lo que YA NO ES,
te borro de mí misma y te envuelvo con fuego,
rechazándote, como niña de rosa en tiempos dolorosos, 
de contienda sangrienta.

Compartimos con ustedes a Winnét leyendo su Sinfonía del instinto, poema emblema de su libro Oniromancia en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, Washington, D.C. 27 de Noviembre de 1944

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