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Por María Inés Zaldívar

Luisa Victoria Anabalón Sanderson, Juana Inés de la Cruz, Marcel Duval Montenegro, Federico Lagarraña, Winétt de Rokha, son diferentes nombres para esta mujer nacida en Santiago de Chile el 7 de julio de 1894, que fue hija del general de ejército Indalecio Anabalón y Urzúa, y de doña Luisa Sanderson Mardones, señora a quien gustaba resaltar un noble origen con su título de condesa de Valle Umbroso. Tuvo un solo hermano, el jurista Carlos Anabalón Sanderson, hombre público de esos tiempos, quien llegó a ser presidente de la Corte Suprema. Desde muy pequeña Winétt mostró grandes aptitudes artísticas, ya sea plásticas, musicales y literarias. Es por ello que sus padres le tomaron clases de piano cuando era apenas una niña de tres años y llegó a ser una gran intérprete, aunque sabemos por su hija Lukó, que su carrera musical quedó interrumpida al irse de la casa de sus padres y no tener nunca más un piano para practicar.

Muy gravitante en su vida, y en especial en su vida literaria, fue su abuelo materno, Domingo Sanderson, irlandés, contratado por el gobierno de Chile para trabajar en las minas del norte quien fue, además de políglota y gramático, traductor de Safo y Ovidio y de quien “recibió la poeta el amor por la cultura griega, el romanticismo de Byron, y el rechazo por el catolicismo beato.” (Nómez, 122). En el poemario Oniromancia (1936-1943) podemos leer un largo poema de la nieta dedicado al abuelo. Señalo algunos versos; en la estrofa siete:

Tres o cuatro fechas y en la memoria de algunas

estampas, una visión equívoca,

eso, de Domingo Anderson, el políglota,

libros, y libros a la espalda, con ellos de casa en casa,

libros y libros y libros,

con ellos de pensión en pensión, encajonados, llovidos,

rodando, acumulados como piedras de piedra,

dolor y cansancio y libros, escrituras y escrituras en

caligrafía de dolor y sueños. ….

Y el poema termina diciendo:

Abro los brazos estrechando lo inútil inconmensurable:

mitos, libros, ríos, libros, desengaños, libros, libros, libros,

tú y yo entre los doscientos crepúsculos. 

Sabemos también que Winétt realizó sus estudios en el Liceo Nº 3 de Niñas de Santiago de Chile, que fue desde pequeña amiga de las letras, que se destacó durante toda su etapa estudiantil como la mejor alumna en la asignatura de castellano, y que fue gran lectora de Balzac, Walter Scott, Nerval. Además, que se destacaba por su belleza y mirada melancólica, rasgos que se aprecian en las fotos que de ella se conservan, que son mencionados por los críticos, y que también fueron cantados por Pablo de Rokha como vemos, a manera de ejemplo, en estas dos primeras estrofas de su conocido poema titulado “Círculo”:

Ayer jugaba el mundo como un gato en tu falda;

hoy te lame las finas botitas de paloma;

tienes el corazón poblado de cigarras,

y un parecido a muertas vihuelas desveladas,

gran melancólica.

Posiblemente quepa todo el mar en tus ojos

y quepa todo el sol en tu actitud de acuario;

como un perro amarillo te siguen los otoños,

y, ceñida de dioses fluviales y astronómicos,

eres la eternidad en la gota de espanto.

Otro testimonio de la admiración que tenía Pablo de Rokha por la belleza de su esposa quedó estampada en el epitafio que grabó en su tumba: “Aquí duerme y crece para siempre la más hermosa flor de los jardines del mundo: Winétt de Rokha”.

En 1915, Luisa Anabalón Sanderson envía a Talca de regalo su libro de poemas Lo que me dijo el silencio al joven poeta, que tiene su misma edad, Pablo de Rokha (que en realidad se llamaba Carlos Díaz Loyola). Éste, al leer sus versos y ver su foto le contestó a vuelta de correo: “La belleza de tus poemas, / es la expresión de tu figura.” Y decidió viajar a Santiago y presentarse en su casa y casarse con ella. Así, en 1916, contraviniendo el deseo de su padre, Luisa contrajo matrimonio con el poeta, tras lo cual adoptó el nombre de Winétt de Rokha. De allí en adelante vivieron juntos 36 años, hasta la muerte de ella en 1951.

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Al leer la obra, tanto de Winétt como de Pablo de Rokha, puede apreciarse que su vida familiar está entreverada con su producción literaria. Tuvieron nueve hijos, dos de los cuales murieron muy pequeños, Carmencita fallecida a los siete meses (mencionada en el poema largo “Choncaita” en  Cantoral: “Su llanto de árbol en tiniebla,/ es encogido y amargo;/ Y su cuerpecito no pesa más que una golondrina […] Yerbas con olor a tierra húmeda/ y a toronjil,/ aroman su aliento de fantasma”, y Tomás su hijo que murió a los dos años, y que Winétt en “Canción de Tomás, el ausente” termina diciendo: “Voy a deshojar los innumerables pájaros/ para tu navío de sombra”. Luego están los otros siete, que a lo largo de los años resultaron todos de alguna manera vinculados con el arte y la poesía. Tenemos, entonces, ahora en boca de Pablo, el padre, a Carlos: quien “Traía(s) sobre la frente escrita, con significado trágico, la estrella roja y sola de los predestinados geniales.” Lukó: “en la cual estalla, como un siglo, la granada azul de la pintura”. Juana Inés: “que encontró la cadena de jacintos divinos, que une panales y guitarras en una y sola luz de melodía”. José: “el cual araña las entrañas de Dios con la caricatura”. Pablo: “que habrá de forjar estupendos edificios libertarios para que habiten los futuros hombres rojos”. Laura: “aterrándome a la orilla de un nido de perdiz edificado en la poesía y, por último, Flor: “expresión del sol y el mar en un capullo, en el que resuenen los pasos helados de los antepasados”. 

Se sabe, y como es de suponer, que Pablo y Winétt, no tuvieron una vida fácil para mantener esta numerosa familia, y que llevaron una existencia marcada por frecuentes cambios de vivienda e incluso de ciudad dentro de Chile -Santiago, San Felipe, Concepción, Valparaíso-, así como de permanentes separaciones, más o menos extensas, debido a las ausencias del padre de familia que viajaba continuamente llevando para la venta enormes paquetes de libros y pinturas. De alguna manera, podría decirse que el estereotipo del esforzado padre proveedor y de la abnegada madre que cuida de la familia, funcionó como estrategia de supervivencia para el pequeño clan, pero una mirada un poco más atenta, fractura esta clasificación a la hora de dar cuenta de su convivencia.  Por una parte, es cierto que la situación financiera del matrimonio Díaz-Anabalón (que fue de altos y bajos, pero al parecer más bien de bajos), dependió del resultado de las gestiones económicas del dueño de casa, estaremos de acuerdo en que ser vendedor ambulante de la producción artística familiar, no calza mucho con un típico ‘pater familias chilensis’ del siglo pasado. Asimismo, es bueno recordar que esta función de macho proveedor estaba matizada por la exuberancia de comilonas de antología con amigos y disputas memorables con enemigos. Por otra parte, la imagen de Winétt como melancólico ángel del hogar, como esposa dedicada sólo a su casa y al cuidado de los hijos, está también matizada, entre otras cosas, por su vida pública de fuerte compromiso social, como por la intensa relación con Pablo, relación de amante y compañera. (Hay testimonios de miembros de la familia y amistades, que dicen que frente a ella Pablo de Rokha era “sólo un humilde poeta enamorado”. Se sabe, entonces, que sin importar las dificultades financieras, en la casa de los Díaz Anabalón siempre hubo servicio doméstico para que ayudara a Luisita, (como la llamaba Pablo) en los trabajos de la casa y a cuidar de los niños. A este respecto, Lukó de Rokha me señaló literalmente:

A mí papá le interesaba que ella escribiera lo de ella, que hiciera su trabajo, pero cosas domésticas, jamás. En la casa podían faltar muebles y muchísimas cosas, pero había tres empleadas, una era la cocinera, que era la principal, que duró años y se llamaba María Trujillo y le decíamos la Trujillo, otra que se llamaba Clemira Hijada; había otra que era la niña de mano… Cuando estaba mi padre, mi madre no podía agarrar esto y ponerlo ahí. Ella podía escribir no más, ella sacaba todo en limpio. Ella era la que escribía a máquina, sobre todo para ayudarle con la revista Multitud. Mi papá le dictaba y ella escribía a máquina. Ella era la que se carteaba con toda la gente en el mundo, pues hablaba y escribía inglés y francés perfectamente. Ella era la que se carteaba y contestaba todas las cartas. Mi papá jamás contestó una carta a nadie, sólo lo hacía con su mujer y sus hijos.

Se sabe también que:

Cuando Pablo viajaba, el ambiente hogareño se relajaba, ya que Winétt era una madre extremadamente consentidora: a los niños les permitía comer sus alimentos preferidos, incluso a deshora, y se violaban también los rígidos horarios establecidos para acostarse y levantarse. Winétt se volvía cómplice de los menores y no era raro que fuese sorprendida en esta conducta por su marido, que en ocasiones se devolvía inesperadamente a buscar algo. Una de sus nietas la recuerda hoy como una niña pillada en falta, caminando nerviosa a abrirle la puerta, recitando: “Al hombrecito algo se le quedó, cocorocó, cocorocó, ya voy, ya voy”.

En el ámbito de las relaciones sociales, Winnét de Rokha junto a su marido e hijos, recibían en el caserón familiar a los más variados personajes de la escena literaria chilena, entre los que también se contaron los poetas Enrique Lihn y Stella Díaz Varín en sus años muy mozos; pero además Winétt tenía amigas con quienes compartía en forma más personal. Dentro de los nombres más recurrentes estaban los de la escritora Inés Echeverría (Iris) y la poeta Blanca Luz Brum, y además recibía una gran cantidad de escritores jóvenes que iban a la casa a mostrarle sus escritos en busca de consejo y aprobación. 

Su nieta mayor, Sonia Tagle, (hija de Juana Inés), quien prácticamente vivió en la casa familiar con sus abuelos durante su infancia, comenta también que recuerda a su abuela como una gran lectora, especialmente de los simbolistas rusos Puskin, Dostoievski, Turgeniev, Tolstoi, y que todas esas lecturas influyeron en los gustos literarios de varios miembros de la familia. Literalmente nos dice que: “la idea que yo tengo de aquella época, y de los relatos que circulaban, era que mi abuela era una mujer simpática, conversadora, siempre al día, gran lectora, muy internacional; se carteaba con este y este otro, en todas partes del mundo, y escribía unas cartas extensas con una letra muy dibujadita, que envidiaba e intentaba imitar”. 

Teresa Pomar, Pablo de Rokha, Winétt de Rokha, Ligia Pestre, María Luisa Cernelli, Anita Pestre y Rafael Carrillo

Por otra parte, en el ámbito político, Winétt de Rokha fue una mujer comprometida y de avanzada para su época. Junto a Pablo de Rokha hicieron posible la revista Multitud cuyas consignas eran, entre otras similares: “Por el pan, la paz y la libertad del mundo”, o bien “Revista del pueblo y la alta cultura”. Allí colaboraron escritores de la talla de Rosamel Del Valle, Ricardo Latcham, Juan Godoy, Enrique Gómez-Correa y Teófilo Cid. Winétt trabajó como consejera y propulsora de la revista, e incluso ella misma distribuyó ejemplares en numerosas provincias del país, para más tarde gestionar su distribución internacional.  Por otra parte, dentro de Cantoral, se incluye “Lenin”, y también se sabe de la polémica de Winétt con el escritor polaco Witold Gombrowicz el año 1946, pues diferían acerca de los temas que pueden ser tratados en la literatura, la relación que debe existir entre el pueblo y el arte y, más específicamente, acerca de métrica y ritmo en la poesía. Sus teorías estéticas que atacaban el arte puro y defendían el compromiso social del arte, se publicaron en un periódico argentino de la ciudad de Córdoba. En esta carta abierta de Winétt a Gombrowicz podemos leer afirmaciones tales como:

El verdadero poeta no se interesa de epatar burgueses ni de impresionar snobs causados por civilizaciones en derrumbe.  […] No es posible imaginar a un señor de melena, con piojos, sin afeitarse, escribir loas a la amada inmóvil o la luna, cuando las muchedumbres aterradas de Europa y Asia van por los caminos como perros desterrados, hambrientos, esqueléticos, enfermos de dolor e impotencia. […] El “Ulises” de Joyce me parece una de las obras cumbres de un siglo. No me aburre por exceso de técnica. Pienso que Joyce fue un artista – psicólogo producto necesario, de superficie, de aquella Inglaterra hipócrita y falaz que hubo de desterrar siempre a sus genios: Byron, Wilde, Joyce. […] La rosa, el amor, la noche, los lirios, existirán siempre que el poeta sepa ubicarlos dentro de un estilo nuevo y se les dé la distancia y la perspectiva necesaria que necesitan todas las cosas para existir en el mundo del Arte verdadero.

Otro hecho muy importante en la vida de Winétt es el largo viaje que inicia en 1942 junto a Pablo de Rokha, en el que recorrieron diecinueve países americanos, incluyendo México y Estados Unidos. Existe un abundante material fotográfico y de prensa donde puede verse al matrimonio de Rokha, juntos y por separado, dando conferencias y recitales, o bien en paseos y cenas con otros artistas y escritores. Recibieron homenajes de diverso tipo ya sea en Ecuador, Perú, Venezuela, Colombia, Argentina, y otros países.  El titular que recojo de un diario de Quito “Una poetisa y un poeta chilenos se encuentran en nuestra ciudad y darán conferencias”, se repite muchas veces en distintos lugares.

Es interesante establecer, aunque sea muy someramente esta vez, la particularidad de este viaje con respecto a los viajes de escritoras y escritores chilenos e hispanoamericanos a comienzos del siglo pasado, tales como los chilenos Vicente Huidobro (1893-1948), Juan Emar (1893-1964), Marta Brunet (1897-1967), María Luisa Bombal (1910-1980), y el peruano César Moro (1903-1956) o el ecuatoriano Alfredo Gangotena (1904-1944), entre otros. Para todos ellos la dirección estaba orientada hacia Europa, y el puerto obligado de llegada era París, la Meca del arte y la bohemia para estos jóvenes sudamericanos. En el caso de Winétt de Rokha es diferente, en primer lugar, no es una joven escritora que se dirige a la ciudad luz para empaparse del arte nuevo, sino una respetable señora de casi cincuenta años, que viaja con su marido y que deja siete hijos e incluso nietos de diferentes edades en casa. Por otra parte, no va a un punto fijo, sino que este viaje tiene un carácter premeditadamente itinerante, casi como una “campaña poética- política” pues el objetivo central del recorrido tanto tiene que ver con la literatura como con el compromiso social. Por último, sabemos que al regreso de este viaje, siete años después, en 1949, Winétt de Rokha ya se encontraba gravemente enferma. Finalmente falleció producto de cáncer el 7 de agosto de 1951.

Pero antes de terminar este somero recuento de su vida, no puedo dejar de ligar este viaje por el mundo del continente americano, con el constante viaje que la pareja vivió dentro de Chile, de casa en casa, de ciudad en ciudad, fundamentalmente por razones económicas y laborales. Es claro entonces que los viajes de los jóvenes o no tan jóvenes chilenos entre baúles y vapores que van y viene de París, no tienen mucho que ver con esas estaciones de trenes de provincia, con más canastos y maletas destartaladas que baúles tipo ropero para cruzar el océano. Aunque no es el momento de intentar una respuesta, considero interesante preguntarse acerca de cómo influye esta diferencia social y económica (aunque pareciera ser en este caso fundamentalmente económica) del contexto del artista en la creación de la vanguardia chilena.

Después de lo expuesto podría decirse con justeza que Winétt de Rokha, tanto en el ámbito personal como en el público, fue una mujer cuya vida y obra, fuertemente entrelazadas, se resiste a clasificaciones simplistas. De filiación más bien tradicional, pues proviene de una familia católica observante de la “sociedad santiaguina” del 1900 -que como vimos incluso tenía aspiraciones de alta nobleza-, opta a lo largo de su vida por el amor de pareja, con sus penas y alegrías, por el arte como forma de vida, y por afiliarse a ideologías que decididamente buscan la justicia social y van en contradicción  con su medio social de origen. Como afirma el poeta Francisco Véjar: “Perteneciente a una familia de fervientes lectores, Winétt supo fundar otra que asimismo originó grandes artistas y poetas con un papel preponderante, tanto en Chile como en el exterior”. Termino este recorrido personal y familiar de Winétt con una confidencia que ella les hizo a sus hijas poco antes de morir y que Lukó recuerda hasta el día de hoy de memoria.

Reproduzco literalmente:

Antes de morir nos llamó a las cuatro hijas mujeres y nos habló: “Sé que ustedes todos han disimulado muy bien, pero sé que me voy a morir. Pero no lloren por mí, no me lloren, porque resulta que yo he sido una mujer que ha tenido los mejores hijos y el hombre más maravilloso del mundo, y he sido la mujer más amada del mundo. Hubiera querido ver a mis nietos crecidos, pero eso no podrá ser.”

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